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Hiperrealismo: | Un minuto |

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Segundo 1: Levantarse.
Segundo 3: Pensar por qué se ha tardado tanto en levantarse.
Segundo 4: Despreciar el pensamiento.
Segundo 5: Ir hacia el cajón.
Segundo 7: Abrir el cajón.
Segundo 8: Mirar los cuchillos.
Segundo 12: Elegir uno.
Segundo 13: Cogerlo.
Segundo 15: Cerrar el cajón.
Segundo 16: Volver a la silla.
Segundo 17: Quedarse sentado.
Segundo 18: Coger la mandarina.
Segundo 19: Mirar la mandarina.
Segundo 20: Elegir por dónde pelarla.
Segundo 22: Rozar la piel con el cuchillo.
Segundo 24: Empezar a pelar la mandarina.
Segundo 25: Pensar en cómo pelarla.
Segundo 27: Seguir pelándola.
Segundo 28: Dar la vuelta a la mandarina con el cuchillo.
Segundo 30: Quitar un trozo grande de piel.
Segundo 32: Cansarse.
Segundo 33: Dejar el cuchillo y seguir con la mano.
Segundo 35: Seguir quitando trozos de piel.
Segundo 36: Oler la mandarina.
Segundo 38: Acabar de pelar la mandarina.
Segundo 39: Partir por la mitad la mandarina.
Segundo 41: Acabar de separar los gajos.
Segundo 42: Empezar…

Phantom of the Ópera

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En la oscuridad, un terrible presagio. La luz se diluye en su propia sombra. El telón cae en el desorbitado abismo hacia el infinito. Calla. La tierra tiembla ante su presencia temiendo su mirada. Los entorpecidos iris giran rebeldes sobre la esfera que los envuelve. La locura se vuelve inmune hasta caer de rodillas ante el terror. El miedo se vuelve transparente con la voz. 
El escenario queda en el agujero de las tinieblas. Una ausencia se ve entre las aristas aterciopeladas de su capa, junto con el cetro de poder, ante el trueno ensordecedor de la protagonista de la obra. Ni un grito podría romper el silencio que a gritos estalla ante el auditorio.  Es él. Ha vuelto. Un golpe seco en el suelo con el pilar de lo inhumano.  Es él. Está ahí. Otro golpe en el suelo que premoniza lo inevitable. Es él. Siempre estará. Un movimiento leve, pero ágil lo coloca en el centro de la tarima. El silencio se vuelve áspero y penetrante. La tensión revela los hilos de la niebla. La vida es un ser lúgub…

Morir por una foto

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Un título casi literal, más que nada porque ha habido casos. Este artículo va a tener más pinta de crónica que de artículo  y mucho más que de texto literario propiamente dicho. Por una segunda vez, nos vamos a poner objetivos y críticos.
¿Os acordáis –o sabéis– de esos tiempos en los que una familia normal tenía alrededor de 25 fotos de toda su vida? Sí, de toda su vida desde la consecución de la familia. Ahora es fácil que cualquier persona tenga unas 100 fotos en dos minutos de su cara. Y encima estará poco conforme. Claro que ahora están los nuevos utensilios tecnológicos que uno puede llevarse a cualquier sitio. No era antes tan fácil ni barato revelar las fotos para ver el resultado. Nada de verla en el momento, eso es muy actual. Pues eso era un recuerdo para siempre, una alegría cada vez que volvían a ver. Se valoraba. La fotografía era un bien preciado, un arte, una necesidad de disponer físicamente de lo que ya se sabía, para verlo de vez en cuando, admirarlo y sentirse org…

Entrecuerpos

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No había suelo. Ni líneas rectas que desdibujen las pisadas. Solo anda. Solo mira. Las sombras dilucidan solas la soledad de la convergencia. Cree lo que quiera siempre que las puntas inconexas rasguen las fronteras de la vida y de sí misma. A un lado un muro. Es eterno. Es vital, es para querer volar sobre las inmediaciones del mundo. Pero no es así. Con dos extremidades cortas no se visualiza el aire, ni los lados ni las esquinas ni la muerte. 
La punta de aquélla es visible para todos menos para algunos. El tiempo es retorcido y más se retuerce cuando el mínimo dolor soporta la brisa de su roce con la triangulación del cono inexpresivo, blanco, de pura sombras sobre el terreno no conquistado. Pasa el monigote entre los cuerpos geo-métricos que, de forma surrealista, piensa en su pensamiento que el pensamiento es suyo cuando solo el pensamiento es que lo domina.
Es / fera redondeada en una curvilínea perfección, plácido espejo cóncavo de luz en la convexión del amanecer, que pinta …

A rayas

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A veces escribir es complicado. Supone enfrentarte a un folio en blanco que, en muchas ocasiones no te dice nada. A veces, te sientas frente a él con una o varias ideas en mente, deseando salir y ser materializadas en palabras, frente a ti, frente al mundo. Y otras muchas veces, –las más–, no tienes ningún tema sobre el que escribir, cosa que yo prefiero. Así, dejas escapar la realidad ante la magia de empezar a escribir algo que desconoces o que no te imaginabas como tema para ese instante. 
Eso me pasa a mí hoy. Ni idea de qué escribir. Y ya llevo un párrafo y un curioso título. No ha salido de la nada, por supuesto. He decidido dejar abierta la persiana, por lo que la poca luz y  los escasos rayos de sol que se cuelan, pintan unas suculentas y reflectantes rayas en el folio. A mí me vale como descripción del momento. De hecho, en un segundo muy extraño, ha entrado tanta luz que solo veía las rayas que caían en tinieblas. Ha sido bonito dejar la mente abierta a las manos para que ést…

Un rastro de esoterismo

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Escribir, escribir... ¿Qué es escribir sin ideas? ¿Cómo se escribe lo que no se ve? ¿Lo que no se siente? ¿Lo que no se puede mirar? ¿Lo que ni el corazón imagina ni el pensamiento huele? Escribir de todo y de nada, sobre cualquier cosa y sobre ninguna. Al igual que leer. Hay tantas cosas que existen para leer, tantas que necesitamos leer, tantas que nos piden que leamos, tan pocas que realmente luzcan en nuestra ilusión... Hay demasiadas vidas ahí afuera y aquí dentro que nada sufren, que nada ven, que nada sienten. Solo observan la utopía que imaginan que ven sus ojos, sin llegar a ver la distopía que pisan sus pies.
Hay tantas formas tan diferentes... tantos sentimientos que se entrelazan formando una trenza que adornan nuestro cabello, nuestra alma... Hay tantas vidas que se pierden, inconexas, endebles ante la furia del tiempo. Ni siquiera la muerte nos vuelve humildes con nosotros mismos. Tanto es así que nos quedamos locos en nosotros y libres en lo que no vemos. Hay límites e…

El tinto...

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El espejo estaba aún transparente, reflejando la luz del sol, a los viandantes que paseaban sin rumbo fijo, mi mirada concentrada, el tiempo, el espacio, etc. Miré hacia delante y vi la fuente, a cuyo interior iba a ser sometido el espejo. Solo unos segundos, tiempo infinito que el corazón debe saber esperar –aunque nunca llega a acostumbrarse– como pretexto del rojo examen de conciencia. Al principio era una caída efímera, igual que al final. Poco a poco, la cascada se fue diluyendo rodeando una imaginaria esfera dibujada. Sus límites curvilíneos delineaban el aire y lo hacían visible. El líquido, elixir de terciopelo, rozaba suavemente el interior de la copa, vertical en los contornos del cristal. 
Llegó a la cantidad prometida. Ni una gota más. Era la definición de un momento de gloria, de una luz rubí, cuyos movimientos externos pintaban suaves caricias en el círculo líquido. El tiempo se detiene en el momento de tomarlo. El vino espera paciente, sabiéndose rey del deseo. Los labio…