Entradas

Lunas de papel albal

Imagen
     Largas columnas de flores emergen desde la tierra para sumergirse en un hondo pasillo de oquedales transparentes sin fondo de algodón. Las luces del cielo se nutren de las burbujas de etéreos sueños señaladas por orden de las mentes nubladas y dormidas.       Burbujas de silicio, adecuadas con zafiros esmeraldas o onirificados en cruces estrelladas de ocho puntas con siete vértices a cada lado.       Burbujas amarillentas, corpóreas en humos de azufre plateado, con aliñe turquesa de los condimentos líquidos y gaseosos de los océanos del viento, alejados al fin del mundo terrenal, donde la tierra terrestre del terreno salpica las sendas de sedosas saetas rosadas en tenebrosos sonidos sentados en los senderos sensuales  de una vida violácea, vuelan por las lindas venas de una viola.      Burbujas oscuras, retadas por el sol a vivir en los ríos de la oscuridad, de la selva serena de los suspiros extraños. Almas de corazones con el corazón en el puño de su alma.  Burbujas azuladas,  c

Los jóvenes y el "sígueme y te sigo" en internet

Imagen
     No ha mucho tiempo, diez años quizá, que las redes sociales eran un mundo de esfuerzo por caer bien y gustar al otro, al infinito número de personas que están al otro lado de la pantalla, del número que crece o disminuye en los likes  o en los seguidores. ¿Una pérdida de tiempo? ¿Una estupidez? ¿Una falacia? ¿Cómo que escribir o subir imágenes para gustar y ser "famosos" o tener éxito en internet o ser  influencers? ¿De verdad merece la pena? La cosa es que antes, los jóvenes y adolescentes que utilizaban las redes sociales solían esforzarse por escribir tuits o posts para ser leídos y para conseguir seguidores –lo normal, según las instrucciones no escritas del funcionamiento de estas aplicaciones–. Subir información interesante, trabajada, bien escrita y de forma habitual para que los lectores, seguidores o amigos puedan retuittearla  o likearla  para hacernos aún más famosos en nuestra pequeña esfera de reconocimiento social. Así, conseguíamos lo que se denominan se

Entre neutro y sepia

Imagen
    En la fotografía salían los cuerpos difuminados, alargados hasta el infinito, pequeños, de doble filo, sin espacios; sencillas motas de polvo incendiado en la nada, en un lugar de la habitación. Las ventanas, sin color, reflejaban sus tristes ojos, ajenos a nuestras almas, hinchados, pero hermosamente grisáceos. Era una imagen de alta calidad, hasta tal punto que se perfilaban, al fondo, en la pared última del recuerdo en papel, unas tímidas separaciones rectas, mullidas y espinosas: hilos de morfina, de esperanzas truncadas, de ilusiones mohínas. Finas arañas los tejían y aislaban de la cruda realidad del género neutro.       El sol, esfera eclipsada, clara y a veces oscura sobre la sombra de los epitafios dormidos que desdibuja las líneas rojas que dibujan tu cuerpo. Esfera enmarcada por un río blanco surtido de colores pálidos que todo lo abarca, que todo lo absorbe.       Níveos objetos bañados en ocre, extinguidas entes que decoloran el tiempo y lo inundan de alargadas sombras

Alegoría del sueño

Imagen
      Unos y otros andan en círculo sobre el vórtice de la esfera del tiempo. Árboles extraños y alternos que se desfiguran entre la mañana y la noche como diálogos de masas empedernidas. Esclarecedoras lágrimas de felicidad onírica entre las luces espectrales de la medianoche acristalada. Sombras y más sombras: monigotes etéreos de rosas amapoladas por brazos y piernas y amarillentos pétalos como sonrosadas mejillas en nubarrones de terciopelos cristalinos y pasionales cabellos dorados. Las almas envuelven de misterios las ilusiones de la mente humana.       Una descripción metafórica, como otra cualquiera, de la nube que nos envuelve cuando soñamos. Sueños extraños que pueden o no tener que ver con la verdad, con la realidad de los hechos, de las cosas, de la objetividad y de la subjetividad de nuestra fisiología mental y psicológica. Psicoanalizando el ambiente del hecho y de la praesentia o ausentia del mismo, que se da o no en función de una serie de términos aún desconocidos y

La pereza como ius consuetudinario

Imagen
  Antes solíamos hacer. Y hacer mucho. Y siempre. Y muchas veces. Y para todo. Y todo el rato. Por placer y por obligación. Porque era necesario y porque no, pero sí por si acaso y por ayudar y para uno mismo y para sorprender y para conseguir un halago o una galleta o cualquier cosa buena. O mala. Pero hacíamos. Ahora ya no tanto o no si no hace falta, o no si no es imprescindible o si no nos lo piden o si "pa'qué". La pereza antes apenas existía porque trabajar era el delirio del ser mejor para uno mismo. Hacer cosas (en cualquier ámbito) suponía estar ocupado y sentirse bien uno consigo mismo y con los demás: era una sociedad trabajadora. Tradición que se truncó no mucho más tarde: cuando surgieron las nuevas generaciones del estar tumbado en la cama con los ojos fijos en una pantalla que se mueve. Somos todo, somos los mejores y somos capaces del mover el mundo sin salir de nuestro ordenador, aquel sobre el que tenemos poder –pensamos–, pero que, en realidad, nos cont

Navidades 2020

Imagen
Otro año más. Pero. Pero. Con eso nuevo que hay ahora. La nueva normalidad. Unas circunstancias especiales, extrañas, desesperantes, des... cualquier adjetivo bueno que queramos negativizar. Qué cosas. El año pasado aún no imaginábamos lo que se nos venía encima. Este año no sabemos lo que aún nos queda por soportar y por vivir. Quién lo diría y quién lo dirá. Esta noche es Nochebuena (y quien quiera que siga el villancico), y mañana Navidad. Igual que siempre. Igual que todos los años. Siendo más o menos. Probablemente menos. Casi seguro. Para bien o para mal. Quién lo diría y quién lo dirá. A pesar de todo seguirá habiendo cenas y comidas, se presentarán los turrones, los polvorones, los mazapanes habituales y la comida. Todo seguirá siendo igual sobre la mesa, aunque habrá menos platos. Muchos niños agradecerán poder comerse esas croquetas que antes tenían que repartir entre más comensales. Este año solo cambiarán las personas: no habrá tantas, no serán las mismas ni estarán ni irán

Constancia

Se trata de lo que era: una sinestesia; oía lo que gritaba en silencio y veía lo que no existía soñando con ello en una caricia visual. En fin, exacto, olores ajenos a la nada, al extinto crepúsculo de luz que nunca rocé. Quién soy, me pregunté esta mañana ante la oscuridad de una habitación cuya penumbra es solo la sombra de un alma asomada por la ventana. Cuando no hay luz ni vemos, pero sabemos lo que hay. O eso creemos. Quién nos dice lo que hay. El recuerdo de una noche de verano no es recuerdo, sino concepto idealizado de una visión alterada por el deseo, la ilusión y la irrealidad personificada.  Qué hay escrito en el techo que flota sobre mí cuando los ojos abro al final de la noche. No hay nada. O yo no lo veo, pero sí lo hay. O yo imagino que lo hay sin percibir nada más que lo que no veo por no ser capaz de ver porque mi naturaleza me lo impide. Qué seríamos nosotros si fuéramos todo. Ahora podemos ser todo para nosotros mismos, para alguien o nada para todos. Qué todos, te

Diálogo con un muerto

Imagen
 –¡Ey, Jack! ¿Cómo estás? –Bien, bien. Tirando, como siempre. ¿Y tú qué tal?  –Pues igual que siempre. Jo, tío, hace un año que no nos vemos, ¿no? –Por ahí, como no te dignas a visitarme hasta que no llega el cambio de hora en la cumbre del frío... –... Tú antes no eras tan literario, eh. Algo te ha pasado. Venga... dime la verdad, ¿te has enamorado? –¿Yo? Qué pereza. Y tampoco hay mucho donde elegir. –Ey, no te quejes, que tú no tienes que llevar la mascarilla esta. Me tiene frito.  –Bueno, pero eso es porque tienes mala suerte tú. Si estuviera por allí, sí tendría que llevarla. Es lo malo de vivir, supongo. –Ya ya, ya me estás echando la culpa, ¿no? –En absoluto. ¡No habrás tenido oportunidades de venirte conmigo! Pero como te preocupa tanto la niña esa... –Nah, cortamos.  –¿Y eso? No me sorprende, la verdad. –Le gustaba mucho ir a la playa. Yo solo quiero silencio, tranquilidad y calma. Es decir, ir a mi casa en la Sierra. –Buuuf, dile a una mujer que rechace ir a la playa por ir en

Exuberantes

Imagen
Exuberantes son las flores muertas. Encerradas en su pasado, en la pisada que las convirtió en cadáveres ante los fríos ojos que las desterraron al infierno. Sus pétalos están caídos sobre un suelo pétreo y frio como el desprecio humano. Pétalos de cálidos colores aún tibios que lloran lejos de su raíz, torcida y rota, ya sin vida. Sus hojas van perdiendo el color. De un verde luminoso a un claro y blanco cristal yacente. La muerte ha surgido de repente, como vino la vida.  Y mientras las flores caen en el olvido, el destino se cierne sobre ese niño distante que rompió una vida por simple diversión. Ese niño que aplastó a una flor estaba a punto de perder la suya, estaba apunto de morir.  Aquel niño que ahora corría por el jardín quitando miles de vidas de colores iba a morir de forma ruda y violenta.  Poco después de acabar de jugar se dirigió contento e ingenuo hacia su casa. Torció la esquina y pasó por medio de la calle mientras unos ojos lo observaban desde el otro lado. Unos ojos

El Reino del Silencio

Imagen
No hay nada, solo aire. Respirable, pero transparente. Se puede acariciar con los dedos y se nota en ellos la seda del viento.  No hay nada, solo luz. El sol calienta con sus rayos de inmenso poder el paisaje de la vida. La tierra es sombra del cielo. Y el cielo, del alma. Del alma del mundo, inexpugnable y fría como el calor que asciende del centro del globo.  No hay nada, solo niebla. Blanco horizonte de nubes ardientes, de esponjas de agua que flotan, eternas como las flores de colores que pueblan el suelo. No hay nada, solo polvo. Suspiros violetas que convierten el paso del tiempo en algo plácido y nublado. El calor no existe. Las piedras están heladas como la tradición de la muerte. No hay nada, solo lluvia; fina y sola en el sombrío agujero del acantilado sin fondo. Allí abajo, a lo lejos, las olas rompen y salpican protestando contra su naturaleza. No hay nada, solo ruido; el ruido de los tallos al crecer, de las hojas al prender de verde su pequeño espacio, de los pétalos al c