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La pereza como ius consuetudinario

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  Antes solíamos hacer. Y hacer mucho. Y siempre. Y muchas veces. Y para todo. Y todo el rato. Por placer y por obligación. Porque era necesario y porque no, pero sí por si acaso y por ayudar y para uno mismo y para sorprender y para conseguir un halago o una galleta o cualquier cosa buena. O mala. Pero hacíamos. Ahora ya no tanto o no si no hace falta, o no si no es imprescindible o si no nos lo piden o si "pa'qué". La pereza antes apenas existía porque trabajar era el delirio del ser mejor para uno mismo. Hacer cosas (en cualquier ámbito) suponía estar ocupado y sentirse bien uno consigo mismo y con los demás: era una sociedad trabajadora. Tradición que se truncó no mucho más tarde: cuando surgieron las nuevas generaciones del estar tumbado en la cama con los ojos fijos en una pantalla que se mueve. Somos todo, somos los mejores y somos capaces del mover el mundo sin salir de nuestro ordenador, aquel sobre el que tenemos poder –pensamos–, pero que, en realidad, nos cont...