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Proceso hacia la «nueva normalidad»

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Normalidad Las calles son enjambres de luz, color y risas. Las tiendas, llenas a borbotones, son microsistemas de tallas, engaño, falsas preocupaciones y colores. Las nubes van y vienen, pero pocos son capaces de observar su baile simétrico en el cielo. La frivolidad lleva largo tiempo conquistando el mundo con una ideología ególatra y confusa. El planeta se viene abajo en la realidad, pero no en la ficción que recrean sus habitantes, ajenos a la naturaleza y a la tierra, dejándose agasajar por deseos irrealizables en un universo decadente.  Desfase: Confinamiento Un suspiro. Otro. Otro más. El silencio. La brisa. El aire. El viento. La ciudad descansa. Está tranquila. Respira al fin. Los animales, miedosos, aún esperan en el confinamiento de sus madrigueras. Esperan con ilusión. Con una ilusión siempre soñada, pero inalcanzable. Hasta ahora. Nosotros seguimos en casa disfrutando de los recuerdos, de nostalgia y de añoranzas. Incredulidad hasta el ocaso. Cómos. Por...

Llueve en los confines

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El cielo siempre está nublado. No importa si se abre paso el sol por algún resquicio del muro esponjoso, entre blanquecino y gris oscuro, que cubre el mundo. Casi siempre brilla por su ausencia el azul que tiñe el mar cuando miramos al despejado y luminoso techo. Poco dura ese sol que tímidamente colorea e ilumina las calles aún desiertas. Algún niño alguna vez calienta el horizonte con alguna risa, pero casi siempre es lúgubre el silencio de las calles, de las ciudades, de los océanos de construcciones que pueblan nuestra vista.  Por la mañana sale el sol, con suerte, pero por la tarde siempre llueve. Siempre se tiñe todo de un gris oscuro casi negro. Siempre el sol se va a dormir antes de tiempo, sobre la hora inglesa del té. Siempre aparece la orquesta celestial alrededor de las seis y media o siete de la tarde. Y para la hora de los aplausos ya está lloviendo. A veces, incluso, comienza a las ocho en punto, como si no quisiera que nos reuniéramos con nuestra ciudad en la m...

Días de confinamiento

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Mientras el mundo está en silencio, las casas bullen. Mientras la tierra descansa, sola, bajo el asfalto de plata, las casas bullen. Mientras la vida se rige por el miedo, la calle espera. Mientras la belleza está sola, lo desconocido avanza. El exterior es una calle de más de un millón de cadáveres, ausentes, que descansan en sus capullos, cerrados, que pasan largas horas oyendo gemir al huracán, mientras se aburren, mientras abandonan los rosales del día y las tristes azucenas letales de las noches, interminables. El mundo dijo y se dice a sí mismo: –¡Diríjanse por las calles en gran número! ¡Despídanse de ellas o de lo que queda de ellas! Y en larga procesión separada, avanzaban sobre la calzada las huestes de sombras ya encadenadas a la desazón de su alma y al miedo de una mala pisada. Y la muchedumbre gritaba: –¡A casa, a casa! Y para eso debían salir del exterior de las calles. Entonces, comencé a ver claro. Las calles son la libertad, humana. L...