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El olor a mar

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El olor a mar era lo que fue y nunca volverá a ser.  El olor a mar era distinto cuando hay diferente altura entre el pasado y el presente. En el pasado las piernas corrían y corrían por aquella explanada paralela al mar, se volvían nerviosas y alegres hacia atrás con el fin de ver las caras felices de sus familiares, que siempre seguían su propio ritmo por detrás de los pies de la niña.  El olor a mar era distinto cuando los placeres también lo eran, cuando la felicidad venía de una comida, de un favor, de un juguete o de un simple paseo corriendo por la calle e intentando asombrar y sorprender a esos padres o abuelos que te acompañaban en tu alegre e ínfimo capricho. El olor a mar era distinto cuando la inocencia primaba sobre los gestos y las palabras, cuando solo querías salir a la calle a inspirar profundamente la sal picante que inundaba el aire.  El olor a mar era distinto cuando eras tú la protagonista de ese baño en la playa, cuando todos te hacían caso y el mar te mecía tranqu

En penumbra

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La silla se mece sola en este ángulo de la habitación. Me sostiene sobre su ancha explanada de madera, roída por los años que ella ha pasado sola, ajena a nosotros, a los que fuimos y a los que nunca seremos. Se mece sola guiada por su ser. Ahora que la veo sin verla descubro los arañazos y los cortes que nadie le ha hecho, pero que ella siente en su interior y que no le impiden seguir meciéndose sola, me halle o no en su presencia. Se mece sola por el viento que no entra en la habitación, aunque se oye desde dentro y desde fuera, en el seno del torbellino que corre libre y fantasmal por la oscuridad helada.  Sigo sentada en la silla, meciéndome al ligero compás de sus extremidades. No tengo que hacer ningún esfuerzo porque conmigo o sin mí ella sigue meciéndose. Se mueve al mismo ritmo que el péndulo entelado de la pared contigua por el lado derecho. Se mueve y se mueve ese péndulo entelado de casas de arañas, aunque la vida que le rodea no se lo permita, porque el tiempo no para y él

Paisajes de Castilla

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Ando pensando sobre la vida, sobre las sombras que iluminan cada piedra en el camino. Son peldaños en el azul del cielo, en las esferas de rocío violetas que en racimos se desprenden sobre la tierra. Uvas, moras, pasas, acigüembres, extractos de lino entre las propiedades de la naturaleza, de los paisajes castellanos y de las ausencias del mar entre los dorados cabellos de los campos.  Paisajes azules, grises, morados, soleados y tristes. De todos los colores y sabores. Paisajes distintos, todos repletos de sombras teñidas por el agua del amanecer o por la escarcha de la noche. Sus plantas florecen o mueren en el seno de la vida y de la naturaleza: libre, bella y sencilla en su eterno ciclo resplandeciente. Plantas variadas, que se respetan y se cuidan, que se quieren y protegen las unas a las otras en el efímero paisaje infinito. Entre esas plantas están los árboles, los arbustos, las semillas y las flores. Especies únicas de todos los colores, sabores y destellos. Ajenas todas a sus

Octubre

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Paisajes grises cargados de lluvia, de tormentas, de nubes infinitas en los inmensos recovecos del cielo. Son días de felicidad, de alegría, de esperanza, de vida. Son días... es un mes lleno de vuelos sin nombre, sin trazos, sin rumbo, dibujando sueños e ilusiones en el vacío lúgubre del viento. Es un tiempo en el que el tiempo se para, en el que las aves cantan sin cesar por el furor que sienten. El suelo deja de existir: se convierte en un eterno manto de colores rojizos, de hojas que bañan las ciudades y lagos y los disfrazan del fruto frío de las heladas que calientan el corazón de sonrisas. Es un tiempo plateado que nubla las pestañas y las inmoviliza entre futuros copos de aguas blancas.  Es un momento para respirar hondo y salir a la calle, a la naturaleza, a dejarse llevar con los brazos abiertos por las olas de la brisa del tiempo. Es el momento de contemplar las flores que van a seguir observando el mundo desde la perspectiva directa de su tallo sobre la tierra. Es momento d

Luna gris

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Siento mi cuerpo ligero al mantenerlo en fuerza y reposo sobre fina cuerda lo apoyo, el pie  que sin pretenderlo nada sobre el aire a ambos lados del fino trazo que en la nada se balancea solitario. Veo a lo lejos una luz blanca y firme ante sí entre las nubes oblicuas del firmamento arrítmico. Sobre todos los pilares del mundo y sobre la tierra, que no veo me mantengo certera, me mantengo sobre una cuerda en la nada del aire. No hay viento no hay nubes no hay cielo aunque yo a todos los veo aquí erguida sobre el firmamento. A un lado la muerte veo pasar con sus andares injustos e inquietos con sus risas alegres y con un ágil movimiento. Me saluda sin yo verla del todo no produzco sonido porque no puedo, en este universo tan raro no sé quién soy ni por qué no puedo seguir hasta el futuro. Al otro lado miro y me deslumbro lo que antes me pareció blanco, ahora es de un gris oscuro con pecas grises y blancas  que sonríen a la muerte con gusto. La luna gris también me mira en esta postura

En mi esfera propia

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Parecen dos rayas inexactas. Concéntricas la una a la otra. Perpendiculares. No las veo bien, a pesar de que parecen negras, pero irradian luz. No sé dónde estoy. O quizá sí. Yo lo deseé. Deseé estar aquí. No veo más que eso. Lo demás está demasiado claro. Me nubla la vista hasta dejarme los ojos transparentes, con un iris rubio, brillante, amplio y grande. Solo veo luz y dos rayas.  Ya no son dos rayas simples. Ahora son curvas. Y se mueven. No vacilan en su trayecto. Giran como si sostuviesen entre su fuertes brazos de negros trazos el mundo. Y es cierto. Algo rodean. Algo hay. No flotan porque sí. Veo un círculo. Una esfera que gira entre sus negros tallos. Qué es. Qué será. Es una esfera en movimiento.  Ahora lo veo mejor. Yo también giro. Sobre mí mismo. Sobre mi propio cuerpo y en él mismo. Tengo la cabeza más alta y miro al fin al frente. Y ahora veo. Veo la luz. O sea que no veo. Solo distingo. Distingo una esfera maciza de luz, de diamantes que cristalizan el paisaje eterno, i

Juegos de niños

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 «Hola, buenas. ¿Qué desea?» Cuántas veces habremos oído y dicho este enunciado. Cuando éramos pequeños, entre los múltiples juegos posibles e imaginables para un niño, existía el trabajo. Jugar a trabajar en una frutería, en un restaurante o en una cocina. Era un juego grupal en el que uno era el dependiente y los otros, los clientes.  Imagen de El Corte Inglés Sin embargo, algo que llamaba la atención entonces y ahora –mucho más– es ese trato de cortesía de tratar al cliente de usted. Algo que para los niños es fundamental cuando se dirigen a alguien desconocido –y/o mayor–, siempre y cuando no sean demasiado tímidos, que sorprende tanto a los adultos. Hoy en día, en muchos locales, cuando vamos de clientes no nos tratan de usted, ni nosotros a los dependientes. No siempre, claro. Quizá porque ese trato de cortesía, de distancia con el desconocido que va a pagarte, ya no se lleva. Los jóvenes de hoy en día tampoco se atreven a dirigirse a un camarero o a un vendedor tratándolo de ust

Hielos con chocolate

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         Observar la vida desde el fondo de un vaso medio vacío. Compuesto exclusivamente por tres hielos manchados de chocolate. Un vaso casi acabado, o en camino de llenarse, según cómo se mire. Verte reflejado, deformado, en esos hielos, que te han visto por un momento y en los que tú ves en su cristal algunos recuerdos. Instantes pasados. Un beso. Un abrazo. Una idea. Un proceso. Una flor. Una persona. Un lugar. Una vida. Muchas cosas para tres hielos aún fuertes, cuya vida es tan efímera como insignificante.     También ves en ellos reflejada una ilusión. Imágenes imaginadas. Sueños. Esperanzas. Un lugar. Un reflejo de ti mismo. Una acción que aún no ha sucedido. Una suerte que aún no ha llegado. Una persona que vuelve. Un atardecer distinto. Una nueva amistad. Una amenaza que no se ha cumplido. Una vida. Infinitas cosas que aún no han ocurrido, pero que descubres en tres hielos, cuya vida es tan efímera como insignificante.    Por  fin ves lo que hay. Reflejan en sus paredes cris

Entre los pasillos, la vida

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Ya no busco por buscar, sino por encontrar la calma a la que siempre he estado acostumbrado dentro de mí. Trabajo porque debo, porque está dentro de mí como saeta de un futuro incierto, ajeno a mí. Trabajar como remedio de la vida, para ti, para uno mismo, para no depende de nadie, más que de uno mismo, para poder ser independiente y dejarse arrastrar sin preocupaciones por la soledad, por esa alegría pura que ofrece la calma y la tranquilidad.  No busco nada, solo el silencio. Busco el silencio en un entorno ensordecedor,  en un pasillo largo e incierto donde hay más que palabras e imágenes: sombras y bruma, motores que transportan el viento hacia la pradera de sonrisas y miradas sosegadas como las que me ofrecía siempre mi madre cuando estaba viva, cuando caminábamos juntos y todo el mundo lo veía. Ahora también estamos juntos y vamos a todos aquellos lugares de siempre, pero ya nadie lo ve. Solo yo la veo a mi lado, solo yo la escucho, solo a mí me habla. Nadie más es testigo de nue

Brumas violáceas

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   Paisajes tibios de color transparente. Enormes copas violetas dan sombra a otras más pequeñas, sujetas todas solo por un palillo de color negro claro que apenas se aprecia por encima de la acuarela. En el pensamiento, una mancha lila sobre el océano impoluto del papel. En la realidad, un paisaje vegetal en morados perfectamente encadenados.     No hay sol, pero la bruma difumina las flores y los grandes árboles que pueblan la intemperie. Tampoco hay luna. Solo bruma. Un pincel suave y nítido dibujando rayas traslúcidas sobre el espejo físico del alma. Se busca una nueva imagen, un nuevo dibujo, un color que dé personalidad a la imagen volátil. Se busca la inspiración, armónica mujer que aparece o desaparece según el transcurso de la función poética. La poesía del corazón incendiado en ganas de volver al pincel, de conquistar con el color el equilibrio de la sombra arrugada.     Después de hojas, pañuelos, aguas limpias y sucias y un montón de pinceles usados queda, mudo y distante,