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Bullen las almas

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¿No lo oyen? Si se concentran podrán oír el bullicio de sus almas fuera del cuerpo. Mientras ustedes hacen su vida en su cubículo, en el de siempre, extraño ahora por permanencia en demasía; por demasiada espera. Si cierran los ojos y solo oyen, podrán oírlo. Y escucharlo. Las almas bullen. Sus almas bullen en las calles. Hacen la compra, preparan un regalo, pasean solas, de la mano y en grupo; corren hacia la parada del autobús, salen de un taxi que las ha dejado cerca de su destino, vuelven de hacer una visita, acompañan a alguien a tomar un café, leen el periódico, alejan las preocupaciones, viven, mueren junto a sus cuerpos o sin ellos, comen en un restaurante, juegan con los niños, se les hace la boca agua observando desde el cristal de la calle una tarta de una pastelería, leen en un banco a la luz del sol, respiran intensamente el aire puro –más puro que nunca– e incluso pasan de soslayo por su casa, donde está su verdadera casa: el cuerpo que las acoge y conserva, que está hac...

En espera...

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Sea o no con el prefijo, tanto la espera como la desesperación o desesperanza o lo que se considere son términos negativos. No tanto el primero en sí mismo como vocablo, sino como sensación  personal y humana. Y es curioso. Para todo hay que esperar –y desesperarse–. Para la desesperanza primero hay que hartarse a esperar. Cuando se cumplen las dos, caemos en una profunda desesperación y para todo hay que esperar. Cada vez se nos hacen más largas las esperas. ya sea por costumbre de la inmediatez tecnológica o porque cada vez que comenzamos a esperar ya estamos desesperados o cansados de seguir esperando por cosas, en su mayoría, improductivas o innecesarias. La vida es espera y espera tranquila, calmada o apremiante e insustancial. Es una espera acompasada en segmentos llamados años o días o segundos o ratos. Esperar desde que se nace hasta que llega la muerte y desaparecen la espera, la desesperación y la desesperanza. Entonces ya no es necesario esperar ni tener esperanza p...