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Exuberantes

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Exuberantes son las flores muertas. Encerradas en su pasado, en la pisada que las convirtió en cadáveres ante los fríos ojos que las desterraron al infierno. Sus pétalos están caídos sobre un suelo pétreo y frio como el desprecio humano. Pétalos de cálidos colores aún tibios que lloran lejos de su raíz, torcida y rota, ya sin vida. Sus hojas van perdiendo el color. De un verde luminoso a un claro y blanco cristal yacente. La muerte ha surgido de repente, como vino la vida.  Y mientras las flores caen en el olvido, el destino se cierne sobre ese niño distante que rompió una vida por simple diversión. Ese niño que aplastó a una flor estaba a punto de perder la suya, estaba apunto de morir.  Aquel niño que ahora corría por el jardín quitando miles de vidas de colores iba a morir de forma ruda y violenta.  Poco después de acabar de jugar se dirigió contento e ingenuo hacia su casa. Torció la esquina y pasó por medio de la calle mientras unos ojos lo observaban desde el otro l...

Velocidad

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De nuevo comenzaba el vuelo. Las abejas iluminaban con sus zumbidos, a ritmo de orquesta, el interminable auditorio natural. Pétalos y hojas las animaban y acompañaban en su intenso y veloz volar. Se dirigían raudas hacia los bosques, hacia las vías de esmeraldas conciencias regadas de polen. Las abejas solo buscaban sus flores. Cada una la suya, cada hedor exclamado en intimidad resonante, aromas de lirio y libios colores que, como discotecas, bailaban al ritmo del sol y la luna.  Resonaban los aullidos eternos y desdoblados, discontinuos enlaces de las alas de los insectos. Componían melodías armónicas sin armónicas entradas, entre salidas de hierbas y fieles colores de deslices cromados. Un concierto de alas que al aire tronaban los movimientos de fuerza, de precisión y  destreza ante innumerables instrumentos que ensordecían al viento. Las alas de la vida en rectilíneos contratiempos, con silencios y corcheas entre las arpas de los estambres. La velocidad, inhuman...