Tetricada IV
El tiempo no dice nada, me dije en ese momento. En el preciso momento en que lloraba por primera vez. Una lágrima roja y brillante coloreó mi rostro. Mi tez blanca dejó de formar parte de un cuadro, de una dicotomía básica. Ya ni el blanco ni el negro llamaban la atención del colibrí que canturreaba triste en el ventanuco de mi humilde morada. Lloraba sangre. Cada vez que eso sucedía era porque realmente estaba feliz. Y eso me dolía. Y mi mente, cansada de ser feliz se desmoronaba en una trágica fiesta dentro de sí. Y me lo demostraba. Yo nunca lloraba. Por eso no sabía llorar. Y cuando lo hacía, solo la sangre acudía a la llamada de mis glándulas lacrimógenas. Y siempre sucedía lo mismo. Se indignaban ante la falta de responsabilidad de las lágrimas que reían al viento y al sol mientras la sangre, arrastrándose cual serpiente de oro policromado se deslizaba suave y sensualmente por mis pálidas mejillas dibujadas a lápiz 2HB. Mi madre solía decirme que debía estudiar, que d...