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Tetricada IV

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El tiempo no dice nada, me dije en ese momento. En el preciso momento en que lloraba por primera vez. Una lágrima roja y brillante coloreó mi rostro. Mi tez blanca dejó de formar parte de un cuadro, de una dicotomía básica. Ya ni el blanco ni el negro llamaban la atención del colibrí que canturreaba triste en el ventanuco de mi humilde morada. Lloraba sangre. Cada vez que eso sucedía era porque realmente estaba feliz. Y eso me dolía. Y mi mente, cansada de ser feliz se desmoronaba en una trágica fiesta dentro de sí. Y me lo demostraba. Yo nunca lloraba. Por eso no sabía llorar. Y cuando lo hacía, solo la sangre acudía a la llamada de mis glándulas lacrimógenas. Y siempre sucedía lo mismo. Se indignaban ante la falta de responsabilidad de las lágrimas que reían al viento y al sol mientras la sangre, arrastrándose cual serpiente de oro policromado se deslizaba suave y sensualmente por mis pálidas mejillas dibujadas a lápiz 2HB.  Mi madre solía decirme que debía estudiar, que d...

Tetricada III

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No había nada. No había nadie. La tormenta había cesado. De las entrañas de la tierra emergían gases tóxicos que me hacían alucinar. Veía sombras que se acercaban y se alejaban de mí. Vi cómo una sombra se tragaba a otra. Y de ella, emanaba un rico hedor a muerta putrefacción y un hilo color cobre de sangre que me perseguía. Yo corría intentando que no me rozase, pero cuanto más pensaba que avanzaba, menos espacio recorría. Espacio muerto. Espacio helado. Espacio vacío, negro agujero. Todo era del mismo color. Negro. Todo era igual. Corría por un suelo marmóreo, por una tumba sin principio y sin final. El cielo era una tumba más, como todo lo demás. No había nada más que unas nubes de humo.  Seguía corriendo incansablemente por el valle de la perdición, de mi perdición, de un futuro que no iba a vivir. Estaba atrapada en una dimensión paralela, es la absoluta soledad de la desesperanza. La sangre ya no me perseguía, aunque yo corría sin rumbo en círculos concéntricos en mi pro...

Tetricada II

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La viola está en su sitio. Inclinada. Apoyada contra la lápida. La niña, sentada en el suelo hace dibujos con una ramita de ciprés. Otra vez esa niña en el cementerio. Otra vez sola. Siempre sola. Está cerca de sí misma, pero lejos de su alma; perdida; robada. Tiene una herida, en el corazón. Sangra. Sangra lentamente. Un pequeño río líquido de sangre roja, roja como el dolor de su soledad que la acompaña y que le ayuda a tocar la viola, arma del diablo, herramienta de evasión del color de su sonrisa... apagada.  Imagen de Manuel Viola No eres nadie. Te has acercado a mirar. ¿Quién eres? Nadie. Un alma. Otra más. No te acerques a la viola. No podrás tocarla. No se deja tocar. Es el instrumento del diablo, que juega con un palo a pintar la tierra. Esa tierra que pisas, en la que dejas tus huellas, en la que dejas caer tus lágrimas cuando sangras y tu sangre cuando lloras. Ella, esa niña que ahora observas asustado y arrodillado detrás de un arbusto, sabe que estás ahí, obse...

Tetricada I

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Comienza aquí una pequeña saga de historias, relatos y descripciones tétricas sobre cualquier elemento del mundo. Cualquiera es bueno para hacer de él una "tetricada", para convertirlo en algo feo o estridente o quizá tenebroso. ¿Por qué?, podrías preguntarte. Porque... ¿nunca te has cuestionado por qué para unos es bonito o alegre una cosa y para otros es lo contrario? No es que ese cuadro en cuestión cambie, sino que nosotros somos los que cambiamos y en función de nuestra psicología, un algo es una cosa u otra o ambas o ninguna. Por ello, te traigo aquí una serie de imágenes, historias, etc., que espero que te gusten y que supondrán una serie de artículos a lo largo de algunos días.  Diviértete... o no. En tu capacidad de ilusión reside esa reacción. Tetricada (I) La noche caía encinta, como polvo de luz oscura. El paisaje ya no era sino negro carbón que a sus sombras asustaba. A veces volaba bajo un cantar nocturno una orda de pequeñas saetas voladores. Los c...