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El Reino del Silencio

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No hay nada, solo aire. Respirable, pero transparente. Se puede acariciar con los dedos y se nota en ellos la seda del viento.  No hay nada, solo luz. El sol calienta con sus rayos de inmenso poder el paisaje de la vida. La tierra es sombra del cielo. Y el cielo, del alma. Del alma del mundo, inexpugnable y fría como el calor que asciende del centro del globo.  No hay nada, solo niebla. Blanco horizonte de nubes ardientes, de esponjas de agua que flotan, eternas como las flores de colores que pueblan el suelo. No hay nada, solo polvo. Suspiros violetas que convierten el paso del tiempo en algo plácido y nublado. El calor no existe. Las piedras están heladas como la tradición de la muerte. No hay nada, solo lluvia; fina y sola en el sombrío agujero del acantilado sin fondo. Allí abajo, a lo lejos, las olas rompen y salpican protestando contra su naturaleza. No hay nada, solo ruido; el ruido de los tallos al crecer, de las hojas al prender de verde su pequeño espacio, de los pét...

Días de confinamiento

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Mientras el mundo está en silencio, las casas bullen. Mientras la tierra descansa, sola, bajo el asfalto de plata, las casas bullen. Mientras la vida se rige por el miedo, la calle espera. Mientras la belleza está sola, lo desconocido avanza. El exterior es una calle de más de un millón de cadáveres, ausentes, que descansan en sus capullos, cerrados, que pasan largas horas oyendo gemir al huracán, mientras se aburren, mientras abandonan los rosales del día y las tristes azucenas letales de las noches, interminables. El mundo dijo y se dice a sí mismo: –¡Diríjanse por las calles en gran número! ¡Despídanse de ellas o de lo que queda de ellas! Y en larga procesión separada, avanzaban sobre la calzada las huestes de sombras ya encadenadas a la desazón de su alma y al miedo de una mala pisada. Y la muchedumbre gritaba: –¡A casa, a casa! Y para eso debían salir del exterior de las calles. Entonces, comencé a ver claro. Las calles son la libertad, humana. L...

Tardes de invierno

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Me gustan las tardes de invierno. Esas en las que dejas que el tiempo moje la tarde, mientras la oscuridad cae firme y suave sobre la luz del atardecer. Me gustan estas tardes porque el mundo se mueve, el cielo baila y corre sobre la infinidad de sí mismo mientras yo observo, imagino y pienso tantas cosas, puras, vivas y espumosas como las crisálidas blanquecinas al tiempo que el vapor de agua inunda su océano lejano.  Me gustan las tardes de invierno. Sobre todo cuando llueve. Son colores fríos, azulados, con tonos amoratados en el fin de los tiempos. La luz se va del paisaje, del eterno mirar. Si te paras en silencio, se oye una delicada cortina de lágrimas de la luz que antaño vivía. Acarician la ciudad, los jardines y el mar. Viven empapando la existencia. Aunque traen la oscuridad mucho más rápido. También el olor que sientes en tus pulmones limpios cuando sales de la burbuja y te enfrentas al frío, a la noche y al peligro.  Me gustan las tardes de invierno c...

En calma

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Un leve vaivén se desprendía en el cielo. Las hojas, breves, con sus trazados contornos, ajustados, coloreados por la mina de un lápiz que dibuja sus sombras. Ahí están. Se mueven. Todas al mismo tiempo, hacia distintas direcciones. Cada una tiene un peso, el peso de sí mismas y de su destino.  Se mueven en calma, siguiendo la brisa del aire. Se mueven y crean una melodía lírica, que hace juego con el silencio, el silencio de la naturaleza. Cierro los ojos. Oigo girar el mundo, pero me concentro en ello y escucho. Escucho el ritmo sostenido de las hojas, brillantes, al moverse bajo la luz del sol. Van y vienen sin pausa. A veces giran sobre sí mismas y reflejan el sol en sus venas. Son sabias y su savia se derrite al son del péndulo que blanquea su cabello hasta el día de partir. Ese día será otro más. Lentamente se soltarán del tallo y con un sonido inaudible descenderán como diosas en el último día por el abismo. Y caerán tranquilas, despacio, bailando por el viento, alegr...

Una locura silente

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El silencio es una fina capa de filamentos armónicos que lo cubren todo. Siempre está ahí, presente, recordando las ausencias y previendo los momentos austeros que podrá traer el futuro. Cómo explicar algo que solo existe en sí mismo y por sí mismo. Nadie quiere quedarse en silencio cuando está acompañado. Por qué. Por nada, porque el silencio trae olvidos pasados, preocupaciones presentes y temor. Nos ofrece el temor de no saber, de no conocer, de no querer oír. El silencio es necesario siempre. Nuestra mente solo puede funcionar en silencio, en su silencio. Nosotros, cuando pensamos, creemos que hay un barullo inmenso en nuestro cerebro, pero no. Solo se suceden pequeños movimientos, pequeñas arrugas en nuestra fina capa de filamentos armónicos que cuidan, protegen y alumbran nuestra mente.  Quién no ha querido disfrutar del silencio alguna vez. Es decir, disfrutar de aquellos sonidos ajenos a nosotros, que no podemos controlar, que se suceden sin nuestro permiso y que no...