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Luna gris

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Siento mi cuerpo ligero al mantenerlo en fuerza y reposo sobre fina cuerda lo apoyo, el pie  que sin pretenderlo nada sobre el aire a ambos lados del fino trazo que en la nada se balancea solitario. Veo a lo lejos una luz blanca y firme ante sí entre las nubes oblicuas del firmamento arrítmico. Sobre todos los pilares del mundo y sobre la tierra, que no veo me mantengo certera, me mantengo sobre una cuerda en la nada del aire. No hay viento no hay nubes no hay cielo aunque yo a todos los veo aquí erguida sobre el firmamento. A un lado la muerte veo pasar con sus andares injustos e inquietos con sus risas alegres y con un ágil movimiento. Me saluda sin yo verla del todo no produzco sonido porque no puedo, en este universo tan raro no sé quién soy ni por qué no puedo seguir hasta el futuro. Al otro lado miro y me deslumbro lo que antes me pareció blanco, ahora es de un gris oscuro con pecas grises y blancas  que sonríen a la muerte con gusto. La luna gris también me mira en esta...

Niebla

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Niebla, Niebla, a ti te hablo. Tus alas de hiel heladas acarician mi mejilla que, colorada, siente tus arañazos escarlatas.  Niebla querida, blanca y lúgubre; nocturna y pura en la amarga noche. A ti te hablo, Niebla, porque nos ayudas a no ver, sabiendo lo que hay delante. A ti me entrego en esta bella y escarchada hora.  Mis ojos te observan en tu inmensidad de océano grisáceo, mis manos rozan tu cuerpo despacio, disfrutando del roce con tu cintura; mis labios disfrutan de la eternidad de los tuyos.  Ven a mí pequeña gacela, álzate, atraviesa veloz el mundo. Ya estás aquí y en tus brazos me pierdo,  encerrando mi miedo en tu cálido cuello. Me veo mejor oculta. Guárdame en tu sombra para que ningún ojo necio pueda encontrarme. Me hablas de la luz cuando rasga tu mirada en la ciénaga del alba. Me hablas tú. Tú, que eres la luz de mi corazón y el fuego de mi alma. Quiero tu luz, no esa luz del astro que quema el cielo abrasándolo y lamiendo sus he...

Actriz de la noche

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El viento sufría de la tenue luz del atardecer. Comenzaba a sentir un repentino escalofrío. Llegaba la noche. Las espigas que por el día parecían solo un arco curvo y flexible de futura vida resplandeciente, ahora llameaban furiosas moviéndose estrepitosamente, casi siendo arrancadas del suelo para lanzarse como saetas hacia el débil, pero cada vez más brillante sol que poco a poco se escondía entre el horizonte.  El paisaje se nublaba, se oscurecían sus colores antes claros, eléctricos y pasteles; colores que ahora lentamente están desapareciendo para juntar sus destinos en un nocturno y profundo negro que en flor se estaba transformando para vivir luminoso en la noche y morir en piedra convertido al ver los ojos del amanecer. El viento se detuvo. Todos los seres vivos que en la escena se reunían, quietos se quedaron, miraron al cielo y esperaron. La esférica dama, plateada cuando se refleja en el espejo de la superficie del lago, donde viven peces multicol...